Oficinas e palestras

De La pared en la oscuridad, Traducción de Claudia Solans

Si viera en la oscuridad, Adorno notaría los dos ojos rojos de la rata. Los pelos del hocico examinarían el am¬biente, y la rata haría lo más simple: con ocho patas, se deslizaría pegada a la pared de la ventana del cuarto, se de¬tendría junto a un pilar de madera, escucharía los peligros y seguiría hacia una nueva pared donde los olores la harían erguir levemente la cabeza y probar el aire. Y sería en ese momento que, si pudiera ver en la oscuridad, Adorno levantaría los ojos muy por encima de la rata y, en el reloj de la pared, en la imagen del Cristo, vería que estaba atrasado. Sin ser notada, la rata se escurrió hacia adentro de un agujero mínimo del parqué, en un rincón a la izquierda de la cabecera de la cama. Adorno se movió, teniendo apenas una sensación, y por asalto, de que había dormido un minuto de más, y ese un minuto era suficiente para que todas las cosas hubieran cambiado de lugar. Porque no llegaba al final de la cama. O al cuerpo de Onira. Y entonces la primera cosa que vio fue capaz de asustarlo: a través de la ventana hubo la repentina luminosidad de un relámpago que él, en el lado oscuro, no logró entender. Y la luz le reno¬vó sensaciones desagradables de que, ¿qué hora sería?, estaba atrasado. Un temblor que había hecho que la sangre se despertara antes que él afirmaba que sí, que estaba atrasado. Adorno intentó erguirse, pero todo era muy difícil. La ventana atravesada de luces, y sus brazos dormidos. Era el reloj apretándole la muñeca. Sobre el cuerpo, el peso de cinco hombres. ¿Si estaría muy atrasado?, que le fuera a preguntar al pan.

Un poco de cualquier cosa, hija,

respondía mi padre cuando yo le preguntaba qué mezclaba dentro del pan. En aquel tiempo el pan ha¬blaba. ¿Tenía harina, padre? y el pan respondía que sí. ¿Tenía azúcar? y azúcar, una pizca de nada, tenía. ¿Tenía huevo? y el pan respondía que tenía huevo, sí. ¿Y ha¬rina? ¿Harina ya había preguntado?, pero tenía harina y mucha. ¿Tenía leche y tenía de esto y de aquello un poco más? E íbamos, mi padre y yo, colocando todas las cosas dentro de los panes que, el horno pitando, iban saliendo del mismo tamaño, aunque cada vez la miga ampliara más su complejidad de secretos. Si era verano, me sentaba en el segundo escalón de madera. La esca¬lera llevaba la casa a la panadería y yo me quedaba allí, en la transición entre el padre y el panadero, mirando el pan que humeaba en el plato de loza. Entonces me estiraba el vestido de algodón hasta las rodillas e im¬provisaba una mesa entre las piernas. Y miraba el pan como quien mira el escarabajo de oro. Si lo giraba, era con un respeto como al de las personas de edad, y lo hacía para ver las marcas de la horma, verificar el dolo¬roso pliegue de la herida en la corteza. Sólo entonces, con un cuidado amoroso, lo partía. De adentro venían humaredas de olor. El secreto era blanco. Y miraba a mi padre que nunca se cansaba de trabajar –mi panadero tenía mucha fuerza en los brazos– e imaginaba cuántos panes ya había hecho mi padre, todos todos. Y mi ojo volvía a escarbar la miga blanca del pan preguntándo¬me ¿Qué más pone él aquí adentro? Y finalmente ya es¬taba yo pasando margarina que se derretía a voluntad. Y una pizca de azúcar como aprendí con mi padre, o con mi panadero, puede ser. Y lo comía sin respuesta, ruidos buenos de la corteza al romperse, satisfacción de dientes que vencen todo, dedo mojado para recoger lo mejor de las migas. ¿Cuántos panes yo había comido ya, todos todos, hasta los seis años, y después hasta los siete, y después y después?

Sentada en su regazo, acompañaba el café. Si hacía frío, las manos calientes de mi padre me calentaban las piernas y el pecho.

No quiero más, padre, estoy llena de pan. Y mi padre venía a hacer aquello que me iluminaba: besaba el pe¬dazo de pan antes de tirarlo a los perros. Un pecado, además, tirar el pan. El pan no besado atraía las ratas.

Un miedo de Adorno: en el atraso no habría pan. Las personas que se despertaban iban hasta la pana¬dería a preguntar por los dornitos, y No hay dorni¬tos porque el panadero no vino. Y cuando salieran a la vida el día ya sería un tanto diferente. De alguna forma estaría dejando a las personas desamparadas, como sin religión.

Adorno se sentó en la cama con dificultad. Los pies ya tocaban la madera fría del piso. En la ventana hubo tinieblas por un buen tiempo. Y él esperaba la luz para que lo guiara hasta la pared. Que se hizo, una breve chispa, pero señalando la llave fosforescente que en¬cendería la lámpara. Cuando se sintió de pie, buscó los pocos pasos hasta la pared. Tanteó la llave de luz. El cuarto surgió, azul, en la pintura que se había ampolla¬do en las tablas antiguas. Finas ripias sobre el vacío de las anchas. Un larguero recorría dos paredes haciendo L. Tales cosas se dispersaban sobre la madera: lata de veneno para matar hormigas, una lámpara de 100W, un candado, una ratonera desarmada, lata de pomada negra para lustrar botas de cuero, un paraguas colgado. Cuando enciende la luz.

En el reflejo sobre la imagen del Cristo del reloj, fue inevitable para Adorno la visión de la propia cara. Jesús de Nazaret, ya herido, resucitado y sujeto a la pa¬red por un clavo, apuntaba el dedo hacia el corazón rodeado de espinas. Adorno se apartó y el Cristo surgió detrás del plástico en un milagro. Un Cristo rubio y de ojos azules, un héroe de cine. Nada parecidos la ima¬gen y el reflejo. Y fue cuando Le dio la espalda.

Adorno se sostuvo una punzada en el pecho, que corría, punzada bajo el brazo, y caminaba, punzada hasta el reloj. Sintiendo en los ojos que todo el cuar¬to se evaporaba, Adorno volvió a sentarse en la cama. El dolor, algo vivo, viniendo y viniendo. El dedo del Cristo. Clavando. Y el dedo apuntaba hasta la muñeca. Le quemaba la pulsera del reloj. Entonces alguna cosa tiró a otra cosa hacia arriba, y ambas lucharon debajo del brazo. El brazo entregado a las hormigas. Onira siempre diciendo Hace mal dormir con el reloj en la muñeca, da gangrena en la mano. La mano ya estaba negra, tinta china subiendo por el brazo.

Grito socorro, grito socorro. Onira no escucha. Es¬toy gritando. La vieja duerme. Hay algo comiendo mi brazo. Despierta, Onira, llama a tu Dios. Es mi brazo, que se está pudriendo. No lo dejes.

Entonces los gritos se detuvieron y, en donde le dolía, Adorno empezó a sentir la pulsación de algo moviéndo¬se solo. Y percibió por fin que, si fuese de verdad la hora de gritar la palabra que fuese, no podría hacerlo. Era absurdo que estuviera acostado cuando se imaginaba sentado en la cama. Efectivamente estaba con la misma ropa de dormir con que se había acostado, y sentirse so¬focado era un nuevo absurdo. Las cosas que lo asustaban eran las mismas que lo habían hecho respirar hondo e intentar levantar la cabeza. Fue entonces que miró hacia el brazo izquierdo, de donde algo se alzó, una forma ne¬gra que lo observaba. Pero la cosa, más que observarlo y al cuarto, parecía husmear señales de un mundo externo que acababa de descubrir: la cosa, una trompa, sus arru¬gas, como de un elefante negro, descendió hasta su cara, examinándole el olor. Adorno gritaba más y más alto. La trompa probaba con aire caliente sus cabellos, después el cuello. Y cuando Adorno gritó una vez más, notó que gritaba el nombre de la hija.

María del Cielo, ayuda a tu padre, una cosa negra, María del Cielo, tu padre, Cielo, mi brazo, una serpien¬te, una cola de rata, una cosa de elefante, María del Cielo, igual a un elefante, Cielo, arranca, niña Cielo, arranca la trompa del elefante, mátala para tu padre, no te quedes mirándome de ese modo, arranca eso de tu padre, arráncala, arráncala, niña bonita del padre.

En lo que se agitaba la trompa en el brazo, María del Cielo estaba acostada al lado del padre, la cabeza hundida en la almohada blanda. Al escuchar el nombre pronunciado, una niña se destapaba. Que no era más una niña. Estaba con la ropa de la madre, inclusive los suecos. Y María del Cielo ya le había dicho con firmeza a Adorno que no durmiera con el reloj en la muñeca, que todo eso daba gangrena en la mano.

Arrodillada, la hija quería hablar al oído del padre. Pero la trompa, sintiendo la proximidad, venía a pro¬barle los olores del cuello, de los cabellos, debajo del brazo, por dentro del vestido. Al principio María del Cielo tuvo miedo, y la repulsa venía del hecho de que era una trompa, y negra, y de piel áspera como la mano de un viejo. Pero entonces, pasando las manos por los cabellos del padre, María del Cielo comprendió bien y se dejó tocar. Cuando la trompa le examinó la cara, la niña cerró los ojos y comprendió más íntimamente aún. Y sosteniendo la carne áspera, trazada de surcos, era una niña mujer que se acostaba al lado del padre. Ambos miraban hacia el techo y percibían la luz desvanecién¬dose hasta extinguirse.

Murmuraban.

“¿Sientes dolor, Adorno?”

“Duele por dentro.”

“Dame, Adorno.”

“Oh.”

Si adorno pudiera ver en la oscuridad, vería a la hija tomando la trompa, que besaría como si, en el pedi¬do de bendición, besara la parte superior de la mano de su padre. Y, aun en la oscuridad, Adorno vería a la hija apretar su mano entre las piernas. Ella hablaría del miedo a las ratas y no estaría usando nada bajo el vestido, el cuerpo igual al de la madre cuando era joven. Aunque sobre la cama, calzaría también los mismos suecos que usaba Onira cuando Adorno la conoció.

“Calma, ya va a pasar.”

Y en la oscuridad Adorno sentía desvanecer el dolor del brazo. Un alivio bueno le caminaba por el cuer¬po hasta los ojos. Durmió. Pero, al despertar, estaba ya la luz de vuelta en el cuarto, Adorno vio: la pared era transparente, y Onira escuchaba del otro lado.

(De La pared en la oscuridad)